lunes, 16 de mayo de 2011

CRONICAS DE AFRODESCENDIENTES.






El recordado cronista de las tradiciones ariqueñas, Erie Vásquez Benitt, fallecido hace poco más de un año, fue ampliamente conocido por sus animadas páginas escritas sobre muchos aspectos de la vida de Arica, especialmente de antaño. Acá presentamos dos de sus artículos referidos a los afroariqueños, como un homenaje a su memoria;

CLAVELES NEGROS

Por la década de los sesenta, entre los personajes variopintos que solían afincarse brevemente en la ciudad, un experto, según él, habría conseguido crear un nueva clase de claveles: claveles negros. Del tipo nunca más se supo, pero lo cierto es que los claveles negros caminan por los viejos pergaminos coloniales ariqueños afincados por las ríos ribereños de Lluta o bajo los olivares, prietos como esos rostros que nos acompañaron desde niño, iguales al negro "Rica la Uva", ecuatoriano afincado después de una sangrienta asonada ecuatoriana, terror ofrecido por las tías de turno: "...o te tomas toda la sal amarga para purgar el empacho o te traigo a Rica la Uva...". O como el negro "Porcepio", transitando de madrugada de vuelta de las candilejas de Maipú. Hoy se toman las calles céntricas, y como la "flor de la canela de Chabuca", al ritmo de sus caderas, nos dejan las reminiscencias de las maravillosas morenas azapeñas, encumbradas sobre los fieles borricos pregonando los pacayes, las ciruelas rojas, únicas en el norte, o simplemente sonriéndonos con sus blanquísimos dientes al sol del mediodía. O como la negra Rosa (para que decimos el apellido), clavelina negrísima, tejedora de totora y de ilusiones.

Por los andurriales al norte de la línea férrea de Chacabuco, en una mítica escuela municipal, corrimos bajo los orgullosos álamos buscando los "monroy", aquellos gusanos que de pronto nos maravillaban convirtiéndose en mariposas, junto a la negrísima Rosa, de la mano con la entonces pequeña Manuela, que conserva con orgullo no disimulado su color y su sonrisa de princesa, quizás tataranieta de un Watussi. Cómo olvidar al negro "Colampino Salgado", junto a la carbonería de doña Libertad, volviendo del viejo cementerio que hoy ocupa el Colectivo, después, nos imaginamos, de apropiarse una calavera y con ella en la mano, cual Hamlet negro, ensayar sus famosas dotes de ventrílocuo. ¿Y el negro Francisco Reyes? Guaripola del R.I. 4 Rancagua, campeón Panamericano medio mediano en un torneo de boxeo militar, en Buenos Aires, allá por los cuarenta. Marcial, endemoniadamente hermoso, orgulloso en su uniforme y que en una parada militar en la Beneficencia lanzó la guaripola hacia atrás, la que lamentablemente no podía recuperar, pero, con un taquito increíble, la hizo pasar sobre su cabeza recibiéndola en su mano derecha para seguir encajonando la banda guerrera, bajo los aplausos más sonoros que hemos escuchado en nuestro vagabundear por la historia sencilla, anecdótica de esta ciudad que reclama por mejores tiempos y en mejores manos, a todo nivel. ¡Vamos, suelten las caderas, y agítense, dancen como las negras, hoy senectud, trayéndonos del pasado aquel sabor del ritmo afincados en sus ADN que llegó en las viejas galeras españolas, y acompáñenos en este pasado negro...!

DOÑA MELCHORA

Para doña Melchora, sumida en la modorra de la tarde ariqueña, dejando que tranquilamente que su burro la llevara por el empedrado de la calle de Las Palmeras, aquel lejano día del siglo diecinueve, el retorno al valle azapeño constituía parte de su trajín ancestral: como sus padres, ella asumía sus obligaciones de sembrar, aporcar, regar, cosechar y cuando los albores del nuevo día llegaban, con el sol abriendo ruta desde Cabuza, Melchora aperaba los borricos con sendas angarillas, donde iban los primores del vergel ariqueño, calzando sobre su hermoso pelo ensortijado, una enorme chupalla: "caseritas, traigo tomates, berros, porotitos granados y verdes, pacayes y naranjas Santa Inés...". Por la tarde regresaba al valle, pero ese día, montada en el "rucio", a la inglesa, con ambas piernas al costado del animal, enfrentando la desolada pampa, no imaginaba que otros primores serían capaces de hacer escapar fuera de su corpiño, su tierno corazón. La tropilla se detuvo asustada ante los gritos de dolor y de espanto de una veintena de apestados que no tenían cabida en el viejo Lazareto ariqueño, repleto de infelices aquejados de viruela, bubónica, cólera o las terrible tercianas de la malaria. Dificultosamente pudo atravesar la verdadera muralla de los moribundos pero, antes de acicatear la tropilla, divisó a un cristiano aferrándose a la poca sombra de una enorme piedra, quejándose. Melchora Bravo desmontó y acomodando la cabeza del infeliz en su regazo pasó un paño por el rostro y, después, en una reacción increíble, levantó al sujeto acomodándolo atravesado sobre las angarillas, endilgándoselas rumbo a la hacienda Savona. Al tercer día, Domingo Pescetto, ciudadano italiano, sanado por las pócimas milagrosas, heredadas por Melchora, vaya a saber uno en qué macumba o trance hipnótico, volvió a la realidad, encontrándose con los ojos más hermosos que jamás antes había visto. Rostro de ébano, dientes blanquísimos y una cabellera ensortijada donde sus dedos se enredaron, tanto como las pocas palabras que malamente modulaba. El matrimonio de Domingo Pescetto con Melchora Bravo entró así a la saga enigmática y poco conocida de la estirpe de los Corvacho, Palza, Zavala, Zegarra, Baluarte y tantos otros que marcaron el trajín azapeño, incrustándose en la pacata sociedad ariqueña de antaño, con gran éxito económico.

En el panteón ariqueño, en un viejo mausoleo, que el tiempo no ha podido vencer, desde el 21 de julio de 1904, yace don Domingo Pescetto. A su izquierda, la negra maravillosa que fuera Melchora Bravo, luciendo un pañuelo cubriendo su pelo ensortijado, mezclado con el magnífico mármol de Carrara de la lápida, lo acompaña desde el 12 de enero de 1905.

Erie Vásquez Benitt


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